En DobleyFalta comenzamos con una nueva sección, en la cual recordamos hechos, personajes y momentos históricos del deporte naranja. En esta segunda entrega, llega una triste historia, la de Slobodan Janković, quien protagonizó uno de los momentos más oscuros del básquet y del deporte. 

Slobodan Janković fue un básquetbolista que nació el 15 de diciembre de 1963 en la ciudad de Lucani, muy cerca de Belgrado, capital de Serbia. Debutó con tan solo 17 años en el Estrella Roja, equipo de la capital de su país. Allí jugó por nueve temporadas, para luego jugar por un año en el Vojvodina. Janko volvió nuevamente al equipo que lo vio debutar, estuvo durante una temporada y demostró que estaba a la altura de las estrellas europeas. Una jugosa oferta económica del Panionios de Grecia, lo hizo desplazarse a suelo helénico, donde al poco tiempo sería protagonista de uno de los momentos más dramáticos del deporte. Aquel básquetbolista serbio, es y será recordado por protagonizar el momento más oscuro del básquet. Su carácter en la cancha, su talento, sus puntos, poco recordados serán y en su lugar, la tragedia vivida quedará en la posteridad.

Su historia parece comenzar a medio camino, luego de lo bueno y casi ni recordado y antes de la oscuridad. El 28 de abril de 1993, aquel carácter tan feroz le iba a jugar una mala pasada. El serbio se encontraba jugando el cuarto partido de una de las semifinales de la liga griega. Su equipo, el Panionios, recibía al poderoso Panathinaikos. Promediaba el último cuarto y el Panionios se encontraba abajo 56-50 en un partido con un alto contenido emotivo. Slobodan, más conocido como Boban, cometía falta de ataque. No era una simple falta, era su quinta, lo que lo dejaría sin poder defender a su equipo en lo que quedaba del encuentro. Allí fue cunado su carácter le jugó una mala pasada, apretó los puños y golpeó con un feroz cabezazo el soporte de la canasta, el cual debería haber estado acolchado y no lo estaba. Por lo que su cabeza impactó de pleno frente a la barra de acero, cayendo de inmediato al suelo. 

El estadio se encontraba en un profundo silencio, donde solo aparecían las estremecedoras palabras de Boban y las respuestas de aliento por parte de su entrenador, Vlade Djurovic. “No siento las manos, no noto las piernas, me voy a morir”, decía el alero de más de dos metros, que se encontraba tirado en el piso entre la sangre que le bajaba de su cabeza. Rápidamente fue trasladado al Hospital General de Atenas, donde con la misma velocidad que fue trasladado fue informado por los médicos que se había fracturado su tercera vértebra cervical, quedando tetrapléjico para siempre. 

Aquí es donde comenzaría la nada para el. De ser un deportista de élite, una de las grandes figuras del baloncesto europeo a encontrarse en sillas de ruedas con la movilidad de sus brazos y manos casi nula. Lo más triste era que se sabía que la situación no tenía posibilidad de cambio. El serbio, en esos momentos ya un ex básquetbolista, pasó por las manos de los mejores médicos, aunque sin suerte. La situación para el iría de mal en peor. Su dependencia total en la vida cotidiana, el abandono de su esposa, sus graves problemas económicos, su peso elevado y las operaciones sin éxito a las cuales se sometió en Grecia e Inglaterra. Sumergido en aquellos problemas y postrado en sillas de ruedas, mencionó “Soy un guerrero, no un mendigo”, refiriéndose a aquellas personas que lo compadecían. Aunque su coraza y su indomable carácter, le dejarían comentar lo triste que era vivir aquella realidad. Lo peor es irte a dormir sabiendo que mañana te levantarás con el mismo dolor del día anterior”.

Tras su accidente, Slobodan “Boban” Jankovic incursionó en la dirección técnica

Slobodan reconocería que lo que en aquellos momentos de completa oscuridad, lo que le daba luz y fuerza para seguir adelante era su hijo, Vladimir. “Es el único motivo por el que merece la pena luchar” decía el serbio en mención a su hijo. 

 

Inmerso en una gran tristeza, Boban se encontró nuevamente útil en donde el siempre lo había sido, en el básquet. El serbio además de encontrar la motivación en su hijo para lograr salir adelante, la encontró en el deporte naranja. Se hizo cargo del Olympia Petropouli, un equipo de Atenas que disputaba el campeonato regional. Allí conformó un equipo de baloncesto en silla de ruedas. Sobre esto dijo “Este paso es muy importante para demostrar que todavía tengo cosas por ofrecer. Amo el baloncesto, lo adoro, incluso desde una silla de ruedas”. Además, sobre su condición de entrenador mencionaba “Soy entrenador profesional, he completado el curso de formación. Lo único que me distingue respecto a otros entrenadores es que no puedo correr por la línea lateral. Pero puedo enseñar cosas y conducir a mi equipo hacia la victoria”.

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Su nombre no se acalló con el paso del tiempo, sino que más grande se hizo. Su equipo en Grecia, Panionios, retiró con honores su camiseta, la número 8. Varios fueron los actos que tuvieron como fin honrar, homenajear y ayudar económicamente a Slobodan. Una de sus últimas veces que se lo pudo ver públicamente, fue en el 3 de julio de 2005, en la despedida de su amigo, Sasha Djordjevic, ex jugador del Barcelona y Real Madrid. Allí frente a un montón de grandes personalidades del básquet europeo, su amigo le brindó un homenaje, el cual provocó las lagrimas de emoción en Boban. 

 

Poco menos de un año después de la despedida como jugador profesional de su amigo Sasha Djordjevic, más precisamente el 29 de junio de 2006, la oscuridad volvería a colocarse en el camino del serbio, pero esta vez sin la suerte de volver a ver la luz. Lejos de las canchas de básquet, en un barco, en camino a la isla griega de Rodas, donde pensaba pasar sus vacaciones, sufrió un paro cardíaco. Con 42 años, Slobodan Janković dejaría de existir.

A su funeral asistieron más de un millar de personas, en uno de los momentos más emotivos en relación al deporte. Allí se escuchó una y otra vez el grito de “¡Boban, te queremos; nunca te olvidaremos!”. Varias figuras del baloncesto acudieron al mismo, amigos, compañeros y rivales en la cancha fueron parte del último adiós. 

Varias cosas ha dejado el protagonista de esta historia. La más importante, seguramente para el, su hijo, Vladimir, quien continúa los pasos del padre. Ahora a sus 28 años de edad juega para el Morabanc Andorra, de la Liga Endesa de España. Sus 2.02 de altura y su carácter competitivo recuerdan al padre.  Además, no mucho menos importante, es la prevención que a partir de aquella tragedia se tiene con los soportes de los aros de básquet. Si aquel soporte hubiese tenido un acolchado adecuado, seguramente la historia de Boban estaría marcado por títulos y no por la oscura tragedia, pero la historia ya está escrita, lo que se pudo cambiar fue lo que vino después. 

 

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